Hoy he leído un artículo muy interesante sobre la implantación de la educación 2.0 que me ha hecho meditar sobre el futuro de mis hijos.

Recuerdo con mucho cariño los años en que fuí profesor en un “centro privado de enseñanza no reglada”, vamos lo que se venía a denominar academia.

Tuve la suerte de dar clases durante muchos años de Matemáticas, Algebra, Cálculo y Física a estudiantes de BUP y COU (vaya tiempos), así como de ingeniería, empresariales y otras carreras universitarias. Pero la principal diferencia con los tiempos actuales es algo que salta a la vista para todo aquel que tiene hijos en edad escolar. El respeto por el profesor.

En muchos casos no se trataba de ser un docente, de impartir contenidos sin más. Tuve la suerte de crear un departamento en dicho centro de enseñanza en el que terminamos catorce profesores, lo mejor de lo mejor. No sólo por el hecho de que fuesen unos magníficos docentes sino además unos maravillosos maestros. Ninguno tenía más de 25 años.

Todavía hoy me encuentro con muchos alumnos de aquella época que me recuerdan como lo que más les impresionó fueron los valores que les transmitieron. El esfuerzo, el sacrificio y el orgullo de los resultados conseguidos.

Sinceramente pensar en una enseñanza 2.0 es algo que me parece hasta descabellado. Si hablamos de la tecnología disponible, es obvio para los que nos gusta estar al tanto de los avances que hay de sobra para poder realizar cambios increibles en el sistema. Pero el problema radica en que es el propio modelo social de la educación el que tiene que evolucionar mucho más. Sino la tecnología no tiene nada que hacer.

Cuando no existen valores y el sistema tal y como está diseñado, (reforma tras reforma y después otra reforma y más…) no permite inculcarlos, llegando a coartar las intenciones de quienes todavía se consideran maestros es imposible plantearse la introducción de una politica educativa 2.0. Señores en ciertas edades es imprescindible “educar”, si no se inculca que es importante aprender es imposible enseñar puesto que quienes tienen que hacerlo no entenderan el motivo, no intuirán su importancia.

O acaso esperamos que la apertura y las relaciones sin límite cambien lo que la sociedad entera no es capaz de hacer bien.

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