En el entorno de crisis que nos encontramos resulta estremecedor escuchar los testimonios de las crudas realidades que viven muchas personas, que han perdido su empleo, su casa, sus esperanzas, sus ilusiones…
Pero aún resulta más estremecedor escuchar los testimonios de aquellos que siguen negando la existencia de una situación brutal para muchos y que utilizan para justificar sus ideas, argumentos basados en el alcance de la crisis, disfrutando que no afecta a todos por igual, no es tan grave.
Como si el alcance limitado hiciese menos grave cada caso, cada familia, cada persona que ha visto como desaparecía el suelo bajo sus pies.

Probablemente una de las razones que tienen los que usan esos argumentos es que a ellos nos les afecta la situación actual (o no de un modo tan intenso) y de alguna manera en su comportamiento y en sus actitudes, persisten muchos de los grandes errores que esta sociedad ha cometido. Es difícil reconocer el error cuando no tienes intención de cambiar.

Algunos de esos errores que como sociedad hemos cometido o consentido son:

– El individualismo como valor principal, como el fin a alcanzar por encima de otros valores. Eso ha provocado, la decadencia de las instituciones que piensan más en el bien común que en el de los propios individuos y actúan por tanto favoreciendo intereses particulares en lugar de sociales.

– El sistema de valores y las creencias personales, que como ya he dicho han primado el individualismo, el materialismo, la apariencia, etc…

– Una cierta decadencia en las relaciones personales profundas, en las que de verdad nos preocupemos por los demás, en las que no sólo pensemos en “qué podemos sacar de ello”. La familia, los amigos son tesoros que no se aprecian lo suficiente.

– El hecho de que muchas creencias y valores como el esfuerzo, la honradez, la fiabilidad, la religión, los ideales han sido denostados y banalizados hasta casi lograr su anulación. Parece muchas veces que el mentir esté normalizado, que nos parezca una cosa común y le quitemos importancia.

Puede parecer a algunos, tal vez los más jóvenes, que todos estos valores perdidos son componentes baladíes del ADN de nuestra sociedad, piezas sin las cuales podemos sobrevivir sin problema. Pero es posible que a pesar de esa apariencia de que no hacen falta, sean realmente los cimientos sobre los cuales asentar la construcción de un verdadero modelo de convivencia social. Ya que en este momento, nuestro medio social se antoja más bien de supervivencia.

Y no es cuestión de definir cuales son las instituciones o los valores y creencias que han de prevalecer, no pretendo dogmatizar ni decir a nadie qué tiene que pensar. Pero sí creo que hay que darles la importancia que realmente tienen a estos conceptos, ya que sin un sistema de valores sólido, sin unas instituciones en las que poder confiar, no se puede llegar a buen puerto.

Y vuelvo a decir que no estoy abogando por el pensamiento único, la diversidad está bien ya que de todos los valores e instituciones se puede aprender alguna cosa casi siempre. El objetivo debería ser la coexistencia y no la destrucción, aprovechar la diversidad y mejorar.

Lo que es seguro es que es preciso cambiar de rumbo para construir una sociedad nueva, que tenga unas bases sólidas y diversas en las que el individuo pueda desarrollarse.

Lástima que “Cecilín” tuviese tanta razón: “La letra con sangre entra” y parece ser que hemos tenido que caer en lo más profundo del pozo para darnos cuenta de que así no podemos seguir. Esperemos que seamos capaces de aprender de la experiencia y construir entre todos una sociedad mejor.

Nuestros mejores deseos para 2011.

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