En una sociedad en la que las necesidades básicas, el comer, tener un techo, incluso una buena educación, parecen cubiertos. Aunque sólo lo parece, el precio que tienen las cosas trasciende lo meramente económico y empieza a tomar fuerza el capital social.

Las transacciones que realizamos ya no sólo se valoran por la cantidad de dinero que cuestan sino que aparece una forma de  valoración con un conjunto de diferentes parámetros. A esto lo consideraremos el ” Social Price “ ,  el precio real que estamos dispuestos a pagar a la hora de valorar un producto o servicio.

Y este  ” Social Price “ tiene como componentes:

  • Unidades monetarias
  • Unidades temporales
  • Atributos asociados a la reputación.
  • Valores personales.
  • Sentimentalismo y carga emocional.

 

Esto tiene más relevancia cuando mayor es el nivel económico de los clientes a los que nos dirigimos. Y en cuanto a la ponderación, la importancia de cada uno de estos componentes dependerá del público objetivo y tipo de producto del que hablamos.

No es lo mismo vender joyas de lujo donde el sentimentalismo y unidades monetarias tienen menor peso que la reputación o el tiempo, que vender productos que provienen del comercio justo.

Este concepto tiene muchas connotaciones a la hora de fijar la estrategia comercial de una empresa. Y especialmente en el caso de trabajar por y para el desarrollo de una marca, pues los valores asociados a dicha marca, deben estar alineados y encajar con la composición del “Social Price” que el cliente está dispuesto a pagar.

Es imprescindible analizar y reflexionar sobre todo esto e incluso realizar mediciones para poder establecer la propuesta de valor de nuestra marca más acertada, cercana y eficaz para nuestro modelo de negocio.

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