Las marcas han evolucionado mucho a lo largo de la historia. Casi se puede decir que el concepto “se invento” para mejorar las ventas de un producto determinado.

Después la saturación en los mercados provocó una evolución y la función de las marcas fué la de conseguir y retener clientes. En todo este periodo las marcas han trabajado para reforzar en la mente del consumidor un significado, algo que las hiciese más deseables, más ventajosas.

Pero el siguiente cambio que se está produciendo en los mercados ya no está influido por la masificación o la saturación, sino que es la exigencia del cliente de una disponibilidad absoluta por parte de la marca. Ya no es tan importante el cliente como el entorno en el que se produce esa necesidad, esa elección entre las distintas opciones.

A pesar de la globalización, de la mayor capacidad de conexión social, los clientes están incrementando la percepción de su individualidad. Acude a la marca cuando la precisa y no puede fallarle.

Y además tiene que ser capaz de cumplir, de aportar utilidad. Ya no sirve únicamente el provocar impactos, es necesario desarrollar como marca un modelo de utilidad para poner en valor nuestra oferta.

Esto provoca una necesidad de las marcas de orientarse a entornos, aquellos en los que se desenvuelve el cliente y en los que precisa de nuestro producto o servicio.Y esta orientación a entornos provoca una nueva forma de entender las marcas y cómo conseguir hacerlas eficaces.

 

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