Siempre me han resultado más interesantes las respuestas que te hacen pensar que aquellas que sólo ofrecen una solución aplicable.

 Cuando era joven me encontré con un problema importante. De pronto me comunicaron que tenía que explicar sobre la resolución de ecuaciones diferenciales a estudiantes de la licenciatura de económicas.
El asunto era que yo todavía no conocía las ecuaciones diferenciales y mucho menos sus métodos de resolución.

Acudí a la que hoy en día es mi mujer y por entonces mi oráculo del conocimiento matemático. La respuesta que me dio fue clara y concisa, “son unas ecuaciones en las que la solución no es un número, sino una función”. Ya por entonces me conocía bien.
Lo sorprendente fue que la respuesta me sirvió. Y menos mal, porque no teníamos tiempo de abordar los múltiples métodos de resolución de ecuaciones diferenciales. Asumí que explicar las ecuaciones diferenciales no sería muy diferente de explicar la resolución de ecuaciones de segundo grado o la derivación de funciones. Sólo requería un mayor esfuerzo, pero la forma de abordar el problema no era muy distinta.

 ¿PORQUÉ?

Porque en realidad era más de lo mismo. Se basaba en un método de resolución, comparable a muchos de los que hoy se aplican incluso en la gestión, un método que sigue una secuencia clara. No digo fácil, pero sí está perfectamente establecida.

Se identifica el “formato” que tiene la ecuación, se aplica la fórmula de resolución correspondiente a ese formato, se hacen bien las cuentas ¡et voilà! Tenemos las funciones que corresponden a la solución. Hemos alcanzado un resultado. Era lo mismo, como ya he dicho, que resolver sistemas de ecuaciones con varias incógnitas, sólo que las soluciones tienen distinta naturaleza. Las fórmulas y las cuentas son un poco más complicadas, poco más.

La cuestión es que, siempre que recuerdo esta anécdota y cómo tan sólo dos horas después, de tan escueta explicación, era capaz de inventar ecuaciones que me sirvieran de ejemplo, para el método que quería explicar en ese momento, me surge la misma duda.¿Por qué fue tan efectiva esa respuesta? Pues en realidad era una respuesta que no me aportó la solución. Simplemente me hizo pensar.

 En muchas ocasiones, nos enfrentamos a problemas cuyas posibles soluciones o bien no las conocemos o bien no tenemos al alcance todos los posibles métodos conocidos de resolución.

En esos casos lo mejor es encontrar a alguien que te haga pensar. Porque si sólo te aporta la solución no has mejorado en nada. Tal vez sea mejor tratar de entender la naturaleza del problema.

Cierto es que no tiene mucho sentido hacer esto para afrontar cuestiones en las que no tenemos mucho interés o en las que nuestros conocimientos o capacidades no nos van a permitir, por mucho que pensemos, solucionarlas.

Pero existe una corriente cada vez mayor dedicada a buscar soluciones aplicables directamente y que permiten obtener el resultado. Sin más. Cada vez es más común que se demande la solución de la ecuación diferencial que toca en ese momento. Sin dilación y con poco esfuerzo. Se valora más conocer la solución que entender la naturaleza del problema y la solución. Se trata de ejecutar sin pensar.

Y eso nos está llevando a una miopía en la gestión, tanto de nuestra vida, como de nuestras empresas, que no está resultando nada efectiva.

No tiene mucho sentido pensar y no solucionar. Sería perder el tiempo. Pero tampoco es muy interesante solucionar sin pensar.

 

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